Chelato Uclés, el niño que quiso ser militar, pero que se convirtió en un genio del fútbol

Recordamos la vida de José de la Paz Herrera, el “Maestro”. Un hombre que nació para ser grande y convertirse en una leyenda en nuestro país

Jorge Fermán – Tegucigalpa

¡Nunca se sabe! Es imposible saberlo. No hay manera. Ese día solo llega y cuando llega duele en el alma y en lo más profundo del corazón.

¡Ay, Maestro! Cómo duele su partida. Honduras entera lo llora y fuera de nuestras fronteras también lamentan su partida física, pero su leyenda acaba de nacer y para quedarse en la eternidad.

Se necesitan libros enteros, como los que él guardaba en su casa como un tesoro preciado, para escribir sobre la vida de uno de los personajes más importantes de nuestro país, no solo para el fútbol, sino para la sociedad en su totalidad.

Sus visibles ojeras, arrugas y canas, simbolizaban el largo viaje que hizo por la vida. Tomó el tren y en cada estación fue dejando huella. El viaje, que duró 80 años fue complejo, pero brillante. Con más triunfos que derrotas, aunque de ellas, siempre dijo que aprendió muchísimo y lo formaron hasta convertirse en una leyenda.

La vida fue maravillosa porque nos lo regaló por mucho tiempo. Queríamos que estuviera con nosotros para siempre, pero no se pudo. Había que frenar el tren y dejarlo ir hacia la eternidad, donde quedará en nuestra mente y corazones, gracias a su legado.

El “Maestro” nos dijo adiós, pero jamás lo olvidaremos. Nunca. Y cómo hacerlo, si nos marcó para toda la vida y mucho más, a los que pudimos conocerlo. A los que alguna vez, como es mi caso, hasta ser entrenado por él o sentarnos a conversar sobre la vida, su vida, el fútbol y todo lo que se podía, porque era un libro abierto.

Era un sabio, que aprendió gracias a sus vivencias y lo que pudo absorber viendo sus famosos videos, leyendo, estudiando y viviendo con pasión el fútbol desde el primer día hasta el último suspiro.

Nos enseñó de todo. Nos dejó lecciones de vida propias de un genio. Nos enseñó a luchar hasta el final. Nos mostró que para conseguir el éxito debemos prepararnos permanentemente.

Nos marcó con la idea de que para ser los mejores, el talento nunca será suficiente, pues se necesita perfeccionar y sacarle todo el provecho a ese talento. A que debemos ser apasionados en todas las áreas de nuestras vidas, como él, que siempre dio todo.
Sobre sus proezas futbolísticas sabemos todo, pero muy poco sobre sus orígenes, sus otras pasiones y cómo comenzó a escribir una historia única en el fútbol.

UN GENIO QUE NACIÓ PARA SER LEYENDA

Los genios nacen para cambiar la historia. Para dejar una huella imborrable y ocupar un espacio eterno en los corazones de todos los que disfrutamos de su brillantez. De su genialidad.

Eso sí, los genios no vienen al mundo por docenas. En Honduras hemos tenido a muchos en distintas ramas, pero muy pocos como este brillante personaje que vino al mundo el 21 de noviembre de 1940.

Año en el que, en Europa y buena parte del mundo, temblaban con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, por el dominio de Adolph Hitler y su ejército Nazi, pero en Honduras nacía una de las mentes brillantes que nuestra tierra nos ha regalado.

Nació en la pequeña aldea de Soledad, en el sector del departamento de El Paraíso, al oriente de Honduras. Allí vino al mundo, en el seno de una familia muy pobre y no tan funcional como hubiese deseado, pero es lo que Dios dispuso para él.

Con su padre nunca tuvo relación. “Un día conocí al que decían era mi papá”, dijo en repetidas ocasiones con mucho dolor. De su madre hablaba poco y tampoco atesoraba gratos recuerdos. “Ella era una campesina humilde, pero buena al final de todo. Recuerdo cuando iba a traer leña para el fogón de la casa”, nos explicó.

Pero entre tanta incertidumbre al nacer y crecer en medio de la pobreza y con limitaciones extremas, este genio, de nombre José de la Paz Herrera, conocido posteriormente como “Chelato” Uclés, pudo salir adelante. Formarse para la vida y para convertirse, sin saberlo, en una verdadera leyenda.

El punto de partida fue a sus 10 años, cuando junto a parte de su familia, emprendieron el viaje desde Soledad hacia Tegucigalpa, muchos kilómetros los recorrieron caminando, otros en mula, no había más. Con las poquitas cosas que tenían, salieron de ese rincón oriental hacia la capital, en busca de mejores oportunidades, una decisión que iba a cambiar la vida de Chelato Uclés.

Antes de sus 11 años nunca había utilizado zapatos y no conocía muchas cosas que ofrecía el mundo en esa época. Apenas pensaba en corretear descalzo, despreocupado y feliz de la vida a pesar de las condiciones. Aunque, según cuentan, al pequeño José de la Paz, siempre le llamó la atención la lectura. Eso lo hacía diferente al resto.

En Tegucigalpa pudo estudiar en la escuela Lempira, en ese momento vivía con su abuelita, a quien ayudan a hacer mandados en el sector de los mercados de Comayagüela. Años después siguió con su educación en el histórico Instituto Central Vicente Cáceres.

Además de que ya evidenciaba su gran pasión por el fútbol, que era inevitable, pues su familia Uclés, todos eran futboleros. En ese momento sus tíos: “Foncho”, “Tavo”, “Mincho” y “Cati”, Uclés, habían fundado el famoso club de fútbol Atlético Español, al cual Chelato perteneció en su época de aspirante a ser jugador profesional.

Con mucho conocimiento debido a que siempre fue buen estudiante, además un devorador de libros, José de la Paz tuvo que enlistarse en el ejército, algo que increíblemente era una pasión para él, pues uno de sus grandes sueños era convertirse en militar, al final no lo consiguió, pero disfrutó de esa etapa de su vida.

Estudió en la Escuela Militar Francisco Morazán por dos años, dejó el fútbol, pues ya jugaba, pero siempre creyó que esa experiencia lo moldeó para lo que vendría posteriormente.

“Ese tiempo en el ejército formó mi disciplina, que después me serviría de mucho para mi carrera como entrenador”, recordó en algún momento el mismo Chelato Uclés.

Pero como él mismo decía años después ¡nunca se sabe! Y eso de ser militar no se le dio, pues todo estaba servido para que iniciara una carrera en el fútbol. Jugó muy poco tiempo, porque lo que él quería era convertirse en entrenador.

A sus 29 años se la abrió una puerta para viajar a Argentina y comenzar a prepararse. Allí, en suelo sudamericano se comenzó a forjar y descubrir que su verdadera pasión era la pizarra, la táctica, ser líder. Lo que no sabía era que años más tarde se convertiría en el técnico más grande de la historia de nuestro país.

El resto del viaje de Chelato Uclés ya lo sabemos. Sus logros. Sus hañazas. Sus lecciones de vida. Su leyenda, que se hace más grande tras su fallecimiento el 28 de abril a eso de las 10:30 de la noche en Tegucigalpa.

¡Hasta siempre, Maestro!

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