La caravana de futbolistas hondureños que emigran a Estados Unidos

Algunos dejaron a sus padres, otros a sus hijos, el campo, sus trabajos y estudios. También a sus equipos de fútbol. Esta es la historia de los migrantes que siguen soñando con ganarse la vida pateando un balón

Por Diego Paz

Ciudad de México. Un pequeño de tez morena va detrás del balón. Probablemente no se da cuenta de la magnitud de lo que está ocurriendo alrededor. El estadio Jesús Martínez “Palillo” se convirtió en el patio provisional de un niño de 8 años de edad nacido en Colón.

Su nombre es Dixon Duarte, pero bien podría ser Juan, Mario, José, Guillermo o Andrés. Aquí hay más de 2,000 niños marchando rumbo a la frontera entre México y Estados Unidos.

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Sus vecinos son miles de hondureños migrantes que emprendieron un viaje desde el mes anterior. Para ser precisos, más de 7,200 personas.

Y si ustedes se quieren imaginar cómo es estar entre esa cantidad de gente que ha recorrido arriba de 1,500 kilómetros, pasando algunos días sin comer, muchos sin bañarse y noches sin dormir por miedo, pues recuerden de la vez que visitaron un reclusorio o una sala de enfermos.

La habitación de nuestro pequeño futbolista es un enorme toldo ubicado justo en el centro de la cancha de este estadio. No tiene uno, dos o tres compañeros de habitación. Son cientos, miles… Todos acostados en colchones, mantas, cobijas y abrazando sus pertenencias.

Justo a la par tienen acceso a tinacos con agua para bañarse y afuera de la carpa encontramos más tiendas de acampar, unas impermeables y otras hechas de cajas de cartón o de madera. En las gradas del estadio no hay aficionados, son cientos de compatriotas que las convirtieron en camas.

• Juan Milla luce cansado y con el pelo alborotado. Nos cuenta de sus aventuras jugando como defensa central para Bayern y Girona, dos equipos de reservas en Yoro. “Era como Sergio Ramos, rompe y raja”.

Dixon le pega al esférico y este avanza hasta donde están los que por ahora serán sus hermanos mayores, hondureños confundidos que reciben asesoría para saber si se quedan en México o avanzan hasta la frontera con Estados Unidos. El sábado 11 de noviembre algunos continuaron su camino y otros se quedaron en tierras aztecas.

La caravana se lleva una generación de futbolistas hondureños

“Mi familia está en Houston, ya me están esperando”, se alcanza a escuchar a un catracho que se comunica con sus seres queridos gracias a la asistencia de los encargados del albergue en México.

Parece que nada de esto distrae a Dixon, ni el fuerte olor en el refugio, ni los adultos escuchando las noticias de amenaza de Donald Trump o convivir entre un mar de personas. Vestido con una camisa de la selección mexicana de fútbol, pareciera, más feliz que nunca.

Como él, muchos compatriotas encuentran un escape en el balón. De hecho, el estadio Jesús Martínez “Palillo” lo adoptaron, también, como un templo de desahogo. “Qué bonito es aquí”, me dice un chico muy delgado. Su nombre es Roger López.

Les presento a “Agujita” López

“En Honduras no tenemos lugares tan bonitos como este para jugar fútbol”. La frase es de un joven inquieto. Ambos observamos una competencia de lanzamiento de penales y tiros al marco con la cabeza.

Antes se había formado una “potra”. Tres contra tres. Solo faltaba el refresco de cola y las semitas para vivirlo como en casa.

-¿Te gusta el fútbol?
“Me encanta, yo jugaba en Honduras. Allá a todos nos gusta este deporte”.

Roger López, de 22 años de edad, era delantero titular del Arenas FC, club de liga mayor de La Ceiba. “Me apasiona hablar de fútbol. Le voy al Motagua y en México… al América”.

El padre de Roger, don Roger, también fue futbolista amateur y lo apodaban la “Aguja” por su delgada apariencia.

El padrastro de Milla, César Gámez, y su mamá, Esperanza Gómez, le encargaron que cuidara de sus hermanas Cindy y Aleyda y sus sobrinitos Manuel, Allison y Dylan.

“Era muy bueno. Lo querían en la Liga Nacional, pero al final no se pudo quedar. Yo quiero seguir jugando fútbol, es lo que me apasiona. ¿Por qué no? En Estados Unidos…Pero de todas formas, mi papá ya me tiene un trabajo allá”.

Salió de La Ceiba el 13 de octubre con otras cinco personas. Dos de ellas se separaron del grupo y otro ya se encuentra en Estados Unidos, según Roger, con ayuda de un “coyote”. “No todos tenemos la capacidad económica para pagarle a una persona para que nos lleve, cobran hasta 12,000 dólares. No tengo esa cantidad de dinero”.

Continúan con él en este trayecto su hermano y su primo. “Ah, tienen que conocer a mi primo. También fue futbolista, el mejor de la familia”.

-¿Jugó a nivel profesional?
“Sí, en el Victoria de La Ceiba. En la segunda división de Honduras”.

-¿Está en el albergue? ¿Será posible?
“Mi primo Fabricio Moya está afuera del estadio, cargando su teléfono. Allá tenemos conexiones”.

Mientras caminamos rumbo a la entrada del estadio junto a la “Agujita”, nos contaba que en Honduras no encontró trabajo y por eso decidió marcharse y poner en pausa su sueño de convertirse en un gran jugador. “Anotaba dos o tres goles por partido”, pero eso ya quedó en recuerdos.

Mientras avanzamos observamos a bebés con sus madres, monjas alimentando a los migrantes con arroz, pollo y tortillas, a buenos mexicanos a un costado del estacionamiento regalando naranjas a los centroamericanos y a gente en sus sillas de ruedas.

“¿Tienes miedo de regresar a tu país? ¿Quieres quedarte en México?”, rezaba un rótulo que sostiene una voluntaria del albergue. Para nuestro delantero no es una mala idea… “Es que no sabemos lo que puede pasar en la frontera”.

• Algunos migrantes optaron por dormir junto a la canchita que está afuera del estadio “Palillo”, en ciudad deportiva. Los voluntarios del albergue la habilitaron por algunas horas para que pudiesen jugar.

Y antes de llegar a donde estaba Fabricio, el exjugador de Victoria, nos encontramos a un joven con los ojos chinos por cansancio, el cabello alborotado y cuidando de una familia. Jugaban todos con un balón de plástico.

El “Sergio Ramos” de la Caravana

A Juan Milla, de apenas 16 años de edad, sus padres le encargaron la misión de cuidar a sus hermanas Aleyda (23) y Cindy (25) y a sus sobrinitos Manuel (4), Allison (5) y Dylan de 10 meses de edad.

Otro apunte: No es el único bebé que vimos en este albergue. Muchas mujeres han expuesto a sus infantes en este trayecto. Afortunadamente, recibieron ayuda médica en Ciudad de México.

¿Qué hacían ustedes a los 16 años de edad? A mí no me podían dejar cuidando ni las plantas de la casa, menos para cruzar dos países para luego llegar a una frontera forrada de soldados y muros hechos con alambres de púas.
-“Yo nací y crecí en Yoro”.

¿La ciudad de la lluvia de peces?

-Se ríe- “Sí, esa misma. Pero no muchos creen en esto y es cierto, yo lo he visto”, nos dice Juan que se formaba futbolísticamente en el Girona y Bayern Múnich de Yoro, dos equipos juveniles. “Algo así como las reservas en Yoro”, apunta.

“Soy un buen defensa, al estilo de Sergio Ramos, rompe y raja. Tuve la posibilidad de jugar con las reservas de Marathón, pero al final, pues no se pudo”.

•Eldin Ramírez extraña mucho a su esposa Greisy. Ella llegó hace 8 meses a EUA. Jugaba como volante en el equipo de liga intermedia, Las Palmas.

“Ya extraño a mis padres, se quedaron en Yoro. Fue muy difícil decirles adiós…” ¿Llorás? “Todavía no…”. Trata de ser fuerte para que no lo miren quebrado sus hermanas.

Y así como Juan, está el caso de Maynor Isaac, un morenote de 16 años de edad con el pelo pintado de morado. Fue portero de Real España reservas. También está Eldin Ramírez, de 21 años, jugador de Las Palmas, club de la liga intermedia de Quimistán, Santa Bárbara.

“Extraño a mi mujer… Ella está en Estados Unidos desde hace unos ocho meses”, dice Eldin, que luce una camisa del Chivas, el equipo al que le va en México.

Maynor Isaac camina admirando una canchita que está en el complejo deportivo, Edin tocaba el balón con nuevos amigos, Juan le enseñaba a sus sobrinos cómo dominar la pelota y Roger nos hablaba maravillas de su primo, el jugador profesional.

Ellos salieron de Ciudad de México el sábado a las 5:00 de la madrugada, justo cuando se asoma el sol. Pero deben continuar con sus sueños, un mejor trabajo para ayudar a sus familias en sus pueblos o ciudades y reunirse con los que ya viven en Estados Unidos.

Dixon Duarte, nuestro distraído futbolista, seguía dándole pataditas al balón. No entiende lo que estaba ocurriendo en el estadio Jesús Martínez “Palillo”. No comprende por qué tiene que seguir caminando en lugar de continuar jugando con su balón.

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