La final de la Copa Africana entre Senegal y Marruecos quedará marcada como una de las más polémicas y surrealistas de la historia del torneo. Senegal se proclamó campeón tras imponerse 1-0 en la prórroga, pero el título llegó envuelto en un escándalo mayúsculo, con protestas, trifulcas y un amago de abandono del campo que desnaturalizó por completo el desenlace del partido.
El punto de quiebre se produjo tras una pena máxima señalada a favor de Marruecos por una supuesta falta sobre Brahim Díaz, una decisión arbitral que encendió la ira del conjunto senegalés, al considerar que no era sancionable y mucho menos en una final. La tensión fue tal que Senegal amenazó con retirarse del terreno de juego antes del inicio de la prórroga, provocando un parón cercano a los 20 minutos y un clima irrespirable en el estadio.
Para agravar el espectáculo, el propio Brahim Díaz, máximo goleador del torneo, falló el penalti de manera increíble al intentar definir a lo Panenka, lo que generó aún más polémica y dejó al futbolista visiblemente afectado. Aunque su Copa Africana fue sobresaliente, ese fallo en una final histórica lo dejó expuesto a críticas y abrirá un debate que se prolongará en el tiempo.
En lo estrictamente futbolístico, Senegal fue superior durante gran parte del encuentro, especialmente en el primer tiempo, imponiendo su físico y control del juego pese a importantes bajas. Marruecos resistió gracias a un Bono monumental, cuyas intervenciones evitaron el gol visitante en varias ocasiones, manteniendo el 0-0 hasta el descanso y sosteniendo con vida a los anfitriones.
Ya en la prórroga, con los ánimos caldeados y el partido descompuesto, Pape Gueye sentenció la final al minuto 92 con una espectacular carrera y definición para el 1-0 definitivo. Tras el gol, Brahim fue sustituido de inmediato, en una escena que reflejó el desconcierto general. Senegal celebró un título merecido en lo deportivo, pero empañado por un final histórico, caótico y bochornoso, que dejó más titulares por el escándalo que por el fútbol.