No Todo es Futbol

NFL, la Liga de los escándalos

La imagen pública del deporte más seguido de Estados Unidos se ha visto dañada por numerosos escándalos en los que hay implicados varios de sus mejores jugadores.

2014-11-27

Ray Rice, de los Baltimore Ravens, convocado tres veces para el partido de las estrellas de la NFL, arrestado en febrero por dejar inconsciente de un puñetazo a su prometida en el ascensor de un casino de Atlantic City. Greg Hardy, de los Carolina Panthers, arrestado en mayo por atacar y amenazar de muerte a su novia. Ray McDonald, de los San Francisco 49ers, arrestado en agosto por atacar a su prometida, embarazada de dos meses. Quincy Enunwa, receptor de los New York Jets, arrestado también en agosto tras una violenta pelea con su novia.

Jonathan Dwyer, corredor de los Arizona Cardinals, arrestado el 17 de septiembre por romperle la nariz a su mujer de un cabezazo al negarse a tener relaciones sexuales con él. Adrian Peterson, MVP en 2012, acusado de maltrato infantil por disciplinar a su hijo de 4 años con la rama de un árbol. Bienvenidos al callejón de los horrores del deporte profesional.

De las cuatro grandes ligas de los Estados Unidos (NFL, MLB, NBA y NHL), la de Fútbol Americano es la que genera mayores audiencias e ingresos. Sus estadios son los más grandes. Sus espectáculos, faraónicos. La mezcla de deporte de equipo, explosividad atlética, violencia explícita permitida (dentro del campo) y pausas frecuentes gusta al aficionado.

La imagen pública de este deporte ha quedado dañada como nunca antes por sus últimos y sonados escándalos. Primero, la demostración científica de que la práctica de este deporte es la causa directa de que sus jugadores padezcan enfermedades neurológicas mucho antes y en una proporción mucho mayor que el resto de la población. Y ahora, por la mancha que produce que en lo que va de año media docena de sus jugadores, algunos de un perfil muy alto, hayan estado implicados en episodios de violencia doméstica. ¿El principio del fin de su reinado?

Una historia de violencia

Cada jugada en el fútbol americano comienza con un impacto brutal, el de las primeras líneas de ambos equipos chocando hombro contra pecho, mano contra cara, casco contra hombro, casco contra casco. Con frecuencia cada jugada acaba del mismo modo. Una percusión constante para arañar centímetros de terreno vitales. En esa lucha al límite de las posibilidades físicas reside gran parte de su encanto. También, ahora se sabe, su peligro.

A pesar de llevar casco, cuando un jugador recibe un golpe fuerte en la cabeza su cerebro se agita bruscamente rebotando contra las paredes del cráneo. Según la violencia del impacto, el jugador puede sufrir una conmoción cerebral o 'solo' una subconmoción. Las conmociones se producen ocasionalmente, pero se calcula que un jugador profesional puede experimentar cientos de subconmociones a lo largo de una temporada.

Durante muchos años la NFL negó hasta las últimas consecuencias que el fútbol americano produjera daños neurológicos a sus jugadores como consecuencia de los repetidos impactos en la cabeza. En 1994, su comisionado, Paul Tagliabue, llegó a decir que era 'un problema creado por los periodistas' y que 'el número de conmociones cerebrales en partidos de la NFL es pequeño y no crece'. Hicieron falta muchos años y los esfuerzos individuales de muchas personas para que la verdad saliera a la luz.

Pero en 2009 la NFL tuvo que reconocer que se había equivocado. En agosto de 2013 acordó un pago de 765 millones de dólares a los casi 5,000 ex jugadores que habían presentado una demanda colectiva contra la liga por haberles ocultado los riesgos de este deporte. Como parte de ese litigio, se hizo público un informe, encargado por la propia NFL, que cuantifica dicho riesgo. Un 28% de los profesionales de fútbol americano sufrirá deterioro cognitivo u otras enfermedades más severas en el largo plazo. Desde dificultad en el habla, cambios de personalidad, ataques de ira, amnesia o depresión hasta ELA, Parkinson, Alzheimer o demencia. Y siempre a una edad más temprana y en una frecuencia mayor que el resto de la población.