Hermoso lugar donde se respira la tranquilidad, con gente muy amable y una seguridad envidiable. El loco parecía yo viendo para todos con miedo a ver a qué horas se acercaba alguien a querer robarnos, pero lo mío es pura paranoia. Canadá es otro mundo, Vancouver una maravilla, caro, pero una maravilla.
Sin generalizar, el trato a la prensa por parte de la selección de Canadá, sus jugadores y cuerpo técnico, nada que se asemeje a lo nuestro; lleno de tensión, caras largas y te ven casi como su enemigo.
A LA CALLE COMO A CUALQUIERA
No puedo dejar de decir que el día que llegó la Selección a su hotel en Vancouver, miércoles a las 9 de la noche, la temperatura estaba a tres grados, varios periodistas estábamos esperando su arribo en el lobby, pero en vez de tener cortesía por ser sus compatriotas o por lo menos para que no nos congeláramos, nos mandaron a sacar y nos obligaron a hacer fotos y videos desde la calle.
Durante la semana cubrí al menos cuatro entrenamientos de Canadá. ¡Qué diferencia! Benito Floro todo un caballero, el personal de prensa nos trató como profesionales, en los 15 o minutos que daban acceso, podíamos movernos en varios sectores de la cancha, estar casi cerca de los jugadores. En Honduras no nos mandaron la Policía Militar porque no estaba.
Repito, sin generalizar; a muchos futbolistas de la Selección hay que rogarlos y tragarse sus desplantes para que te den una entrevista; los canadienses fueron exageradamente amables. ¿Qué hace la diferencia en todo esto? No hay necesidad que lo escriba…
Durante el partido de ayer se me congelaron las manos en la sala de prensa, me las llevaba a la cabeza y quería gritar como que estuviera en tendidos populares al ver cómo mi Selección no encontraba el camino, pero por ética y respeto no lo hacía, ya que tenía a todos mis colegas canadienses en la zona.
Desde ahí miraba el sufrimiento de mis hermanos catrachos, de esos que manejaron hasta 30 horas por ir a ver 90 minutos decepcionantes, pero que esperamos que el martes ante México la historia sea diferente y podamos a volver a soñar.
Aquí desde la calle Robson, a seis grados centígrados y con café en mano, me despido desde la verde y bella ciudad de Vancouver…