Liga Hondubet
2010-10-27
Fue un intrépido viaje, un largo recorrido, diez horas entre mar y carretera, pero se hizo con un sólo objetivo: conocer la vida de Chelato Uclés en Belice, su nueva casa desde febrero de este año.
Días antes del viaje en bote existía toda una expectativa, primero había que sortear el clima para emprender la conquista y luego soportar el cabeceo en la embarcación por aquello de los mareos...
Y el día llegó, el amanecer del lunes 18 estaba marcado por un ligero sol, pocas nubes, pero sin el anuncio de lluvia, perfecto para viajar. Chelato nos pidió que lo recogiéramos en uno de los hoteles de San Pedro Sula.
Se subió al vehículo y lo primero que nos confirmó fue que ya había hablado a las oficinas del bote en Puerto Cortés para cerciorarse que el viaje no estaría lleno de mucha odisea, veía al cielo continuamente y rogaba a Dios para que no cayera algunos de esos aguaceros insospechados que trastocan cualquier plan.
-Hola, soy Chelato, disculpe, cómo está el día para viajar porque si usted considera que está muy pesado, mejor me quedo –nos manifestó que le había dicho vía teléfono a uno de los encargados.
-Y la respuesta no fue de preocupación.
-Véngase profe, el día está lindo para viajar –le respondieron.
Su gesto fue optimista, no arrugó la cara y consideraba que las noticias recibidas no lo hacían dudar.
-Ya los conoce profe –le dije.
-Ah sí, es que será la cuarta vez que me monto en esos botes, ellos son hondureños y me tratan de maravilla, –respondió con un semblante más esperanzador.
Y durante el recorrido de San Pedro Sula a Puerto Cortés, la conversación fue más amena, parecía que se había quitado una carga de encima.
–Lo veo nervioso, profe, ¿le teme al mar?, le pregunté para medir cómo iba.
-No tanto como antes, sí me sentí mal en el primer viaje, sufrí muchísimo porque me fui en medio del bote y ahí se mueve mucho y sentía aquello como que naufragaba, y decía: “Dios, permíteme nada más este viaje, no vuelvo más a venir por acá”, pero luego lo hice de nuevo y dije: “Voy a probar otra vez”, fue cuando me sentí bien, que conste, no viajo al cien por ciento, siento que hay más tranquilidad en avión, –confesó.
–¿Estuvo a punto de marearse?, seguía preguntando.
-Sí, fue la primera vez, pero me aguanté. Esa vez venía con Luis Cabrera, él me guió y me dio todos los detalles. Ya me puedo ir solo, pero no es fácil, hasta hoy he realizado unos seis viajes, cuatro por el mar, ya es algo normal.
Tras 55 minutos de camino llegamos a Puerto Cortés, chequeamos pasaportes en una oficina de Migración frente a la Portuaria para el debido permiso. Por cierto, ese día las cosas estaban agitadas en Platense y la presencia de Chelato en el Puerto daba lugar a cualquier sospecha por aquello del cambio de técnico y algunos, como el oficial de Migración Efraín Maldonado, se atrevió a preguntarle si le gustaría ser el sustituto de Héctor Vargas.
-No amigo, más bien voy emigrando de mi tierra, además, no aceptaría ser el sustituto de Vargas porque es mi amigo, si fuera otro entrenador, tal vez. –Le respondió y avanzó a paso agigantado porque ya le estaban haciendo una rueda.
–Pidió que lo lleváramos a un banco, pero ese día era feriado nacional y fue imposible encontrar una agencia abierta, luego decidió irse a una farmacia y mientras llegaba la hora de aventurarnos por el mar, le invitamos a toma un café.
-Sólo nos tomaremos un café nada más, porque nos destaparíamos en alta mar, –dijo jocosamente por el movimiento del bote y las olas.
INICIÓ LA TRAVESÍA
Son las 11.10 de la mañana, el bote D’Express, año 99, con matrícula beliceña, pero de propietarios hondureños, recibe la última inspección. Chelato aprovecha para saludar a varios aficionados que intentaban detenerlo y platicar más de fútbol.
El punto de partida es un lugar a orillas del mar, bajo un puente, con olor a pescado, lleno de vendedores ambulantes y taxistas que van y vienen. El acceso es único, pero el profe nunca perdió tiempo, se encargó de que su maletín fuera bien guardado, advirtió que llevaba cosas de valor y que lo trataran con cariño.
El cobrador lo reconoció de entrada y le confirmó que su jefe le autorizó un descuento, así que de mil lempiras, sólo tuvo que pagar 750. Antes de ingresar al bote, hay que hacer otro chequeo de pasaporte y esperar que lo vayan llamando a uno para ubicarse, Chelato tuvo el privilegio de ser el primero.
A las 11:54 encienden los motores, el conductor de la embarcación, un tipo de vestimenta sencilla, pantalón de tela desteñido, camisa blanca y chancletas, apenas se reconoce por una vieja boina que es el capitán, anuncia “el vámonos” y lo repitió dos veces. Ya los motores estaban en su punto y tras arrancar los aplausos de los 19 ocupantes se hicieron sentir.
Vamos rumbo al puerto de Big Creek, localidad de Mango Creek, un pueblo al que Chelato conoce al dedillo. El tiempo de duración fue de dos horas. El mar estaba calmadito, sin movimientos turbulentos... Y así, el bote, con 665 caballos de fuerza, alcanzó los 40 kilómetros por hora.
Y CHELATO COMENZÓ A REZAR
Una vez a bordo del bote y con la brisa del aire fresco del mar, Chelato ora por un momento y da un suspiro de tranquilidad. A esta altura lleva puesto un chaleco salvavidas, se coloca sus gafas y la aventura se vuelve intrépida.
-Alguna vez pensó vivir algo así, profe, –le pregunto.
-Esto lo desconocía, para mí es una aventura nueva que me vengo a encontrar a esta altura de mi vida, pero ni modo, hay que hacerlo, la vida es una constante lucha, –dice mientras el bote hace un cabeceo para evadir las primeras olas del mar.
El profe se ubica a un costado donde el piloto Grevil va haciendo sus maniobras.
-Dicen que en el término medio está la virtud, pero no en esto, en el primer viaje sentía que me faltaba la respiración, casi vomito, sudaba helado, era como una pesadilla, por ese bamboleo, –nos confesó.
–¿Qué tan angustiante ha sido, profe?
-Elevé muchas oraciones a Dios por salir de esta angustia que estaba pasando, pero alguien me dijo: “Profe, le recomiendo que la próxima vez que viaje, se ubique junto al capitán”, y en efecto, acá siento menos malestar, –aseguró.
Ya hemos recorrido 25 minutos, la tripulación va serena, no hay incomodidad. La plática con el profe se vuelve más amena.
–¿Cómo define esta aventura?, seguía preguntándole.
-Una gran experiencia. Como dice San Juan, el que está en gracia con Dios todo lo que le sucede es para bien.
Tras una hora en alta mar, Chelato observa a dos tiburones que hacen malabares a escasos metros del bote.
-Vea, vea, vea, qué hermoso, ojalá no se vengan para acá, –logra decir entre el asombro.
–Le cambio la plática. ¿Está mareado? –insistí.
-No, nada, no siento malestar, –aseguró.
–¿Pero siente vértigo?
-No siento nada. Además, viendo estas cosas de la naturaleza hasta me acuerdo de una poesía de Rubén Darío: “Y así viajó la niña bella, bajo el cielo y sobre el mar”. Y en efecto, así vamos nosotros, –dijo.
–¿Qué le gusta del mar?
-La brisa, esta brisa no tiene comparación, tiene una delicia especial.
...Ya hemos recorrido gran parte, estamos a punto de tocar tierra. El profe aprovecha para hacer una llamada: Es para Luis Cabrera, su ayudante y le confirma que todo va bien, le adelanta que vaya preparando los entrenamientos y algunos vídeos.
LLEGAMOS AL PUERTO AL FINAL
Al filo de la 1:41 de la tarde, se logra divisar el puerto Big Creek, embarcaderos de banano y petróleo. Cinco minutos después, ancló el bote y antes de pisar tierra beliceña, nos preparábamos para presentarnos ante Migración, uno espera que el trato sea cómodo, pero ahí mismo en la lancha llegó un regordete para chequear los pasaportes y luego otro grupo aguardaba afuera para revisar las maletas al aire libre.
Y SIGUE LA RUTA, ESTA VEZ EN BUS
El viaje no terminó con el hecho de llegar a Belice. Había que llegar a la capital y para eso tuvimos que tomar un bus que nos llevó de la ciudad de Mango Creek a Belmopán.
-Y la odisea sigue, –nos alerta Chelato. Belice es un país con apenas 372 mil habitantes, sus rutas de comunicación no son tan modernas, así que para abordar el bus tuvimos que caminar por la orilla de la carretera. Durante ese lapso, Chelato se topó con muchos trabajadores hondureños que al igual como él, han dejado su tierra en búsqueda de mejores condiciones. Lo reconocían de entrada y rápido entraban en calor… Dos horas después, apareció el bus, un Blue Bird, amarillo, nada de lujos.
–No le vemos cansado, le dije.
-Ah no, este tipo de viaje más bien sirve para medir cómo estoy de salud.
–Subió al bus con su pierna derecha (¿amuleto de la buena suerte?), luego decidió ubicarse en la tercera línea de asientos siempre en la derecha. Es digno de admirar, el profe, en esas tres horas de recorrido, jamás durmió. En el trayecto nos indicaba los enormes naranjales, la envidia de cualquier país, sus bosques y las condiciones en que viven.
En todo el camino habló de fútbol, de su vida y aprovechó para hablar de sus amigos, pero también de sus enemigos y de su vigilancia que hace por el fútbol hondureño. Al cabo de las tres horas y varios minutos después de las 7.00 de la noche, llegamos a la terminal de la capital y ahí nos esperaba Luis Cabrera, el ayudante del profe desde su aventura. Chelato llegó al hotel, ya le tenían lista la reservación, se ubicó y luego pidió que lo llevaran a un mini-market para comprar frutas, leche y pan. Así cerramos este intrépido viaje con el profe. Toda una odisea, pero también una aventura inolvidable...
QUE LLEVABA EN SUS MALETAS
>Los cuadernillos de apuntes (6 en total), 18 dvds, el Nuevo Testamento, dos pares de lentes, dos lápices, 6 libretas.
>Entre los apuntes se encontraban detalles del Mundial de Italia 90, “son apuntes llenos de tesoros”.
>En ellos se leía el pressing.
>El aspecto físico, cartas de San Pablo a los romanos, características de juego, el juego, atacar, sí, pero en orden.
>Lecciones bíblicas históricas.
>Pero hay una libreta con todos sus entrenamientos: “Por ejemplo cada día lo que hago, el toque cambiante, cada libretilla tiene su rotulación, el centro, el remate, adiestramiento táctico, los trabajos que hago en Belice. Preparativos de Selección Sub-20, la que eliminó a Nicaragua”. Son las mismas que compartió en unas clínicas en Costa Rica.
SUS FRASES DEL VIAJE
'Miren, miren, ahí van dos tiburones, qué belleza, imagínense de lo que me estaba perdiendo. Bueno, con tal no se nos crucen abajo del bote, todo estará bien”.
'Ya se van a dar cuenta ustedes de lo azul que es el mar cuando estemos por llegar al puerto de Belice, acá en estas aguas hondureñas hay mucha suciedad, así como hay suciedad en el fútbol”.
'Al venir acá a Belice me miro como los grandes conquistadores cuando venían a América donde se topaban con indios vestidos con taparrabos”.
'Esta brisa del mar siento que me rejuvenece, es algo extraordinario, nunca antes lo había experimentado en mi vida, es algo único”.
ESPERÁ MAÑANA EN DIEZ.HN
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