Liga Hondubet
2010-10-24
El goleador va de salida. Se pone una chumpa negra y se detiene frente a una mesa de madera. “Está cumpliendo años mi novia”, dice, mientras se agacha y agarra un regalo envuelto. Su madre le da un beso y le advierte que no puede volver tarde. “Sí, mamá”, le dice Roger Rojas con humildad. Son las siete y media de la noche. El goleador deberá estar de regreso en tres horas o si no se meterá en problemas...
Todo el mundo le dice Ro-Ro a su hijo. ¿A usted le gusta?
Pues ahora sí ya lo acepto, pero al comienzo no me gustaba. Yo le digo “Mi bebé”. Pero ahora todo el mundo le dice Ro-Ro y ya me acostumbré.
¿Y que tal le suena el Matador II?
Yo creo que es muy fuerte decirle Matador, eso le mete mucha presión. Hay que tenerle paciencia, llevarlo despacio. Mi esposo y yo sentimos que a veces son muy apresurados con nuestro hijo. Además, a él tampoco le gusta que le digan el Matador II, porque dice que sólo habrá uno como Wilmer Velásquez. Wilmer es un buen consejero de mi hijo, se quieren mucho.
¿A Roger le afecta salir mucho en los diario?
No, no le afecta, porque siempre lo estamos aconsejando. ¿Le digo algo? A él no le gusta salir mucho en los diarios, porque es un muchacho humilde y bien centrado. Nunca le ha gustado llamar la atención. A veces me dice “Ya no aguanto a estos de DIEZ”, ja, ja, ja. A mí sí me preocupa que le hagan muchos halagos.
Vayamos al inicio, cuando Roger estaba en su vientre. ¿Son inquietos los delanteros?
Uy, sí, me pateaba demasiado, era doloroso. Su papá decía con mucha emoción: “Ah, pues entonces es que será delantero”. Cuando empezó a caminar nos fijamos que era corneto, tenía las piernas bien dobladas. A los tres años le íbamos a meter unos tornillos en sus piernitas para enderezárselas. Pero mi papá me regañó y me dijo que sería el peor error que íbamos a cometer y ya no lo operamos. ¡Y mírelo ahora: me salió goleador el cipote!.
¿Siempre le gustó la pelota?
Siempre. Su papá tenía una pelota grande y Roger, con apenas dos años, le daba duro, aunque apenas la movía. Casi no jugó con carros ni soldaditos. Para él siempre fue la pelota. Era su mundo, no había más. Lo metimos a los ocho años en las Fuerzas Básicas del Olimpia y era una cosa increíble, porque venía de entrenar y se ponía a pelotear dentro de la casa, seguía jugando. Así me quebró muchos adornos, cuadros, manchaba las paredes... Nosotros le escondíamos los balones, pero siempre los encontraba.
¿Usted quería que jugara fútbol?
Al comienzo yo quería que se hiciera profesional. Yo era estricta en los estudios y lo obligaba a estudiar a la par del fútbol. Yo se lo decía bien clarito: “Cuidadito me sacás un aplazado”. Su papá era más flexible. A veces le dejaban tres tareras y yo le decía que no se iba a práctica hasta que las terminara. Mi esposo decía: “Dejá que sólo haga una y cuando regresemos que termine las otras dos”. Varias veces se escapaban y se iban y yo quedaba furiosa.
¿Entonces usted no estaba muy metida al “rollo” de que jugara?
Para serle sincera, nunca fui muy aficionada del fútbol. Ahora, su papá sí. Mi esposo es gran olimpista y le inculcó eso a Roger desde que estaba pequeñito. Los dos iban al estadio a todos los partidos del Olimpia. Yo me hice olimpista por mi hijo.
¿Roger fue un niño inquieto?
No. Nosotros vivimos diecisiete años en la Betania, frenta a la cancha que llaman Las Brisas. Un barrio humilde. Roger salía todas las tardes a jugar a la canchita que está allí. Es que como le decía, su mundo sólo era la pelota. Allí fue donde lo vieron jugar y nos aconsejaron que lo lleváramos al Olimpia.
¿Quién le dio la primera pelota?
Su papá. Recuerdo que se la compró en Diunsa. Roger tenía seis años. Ese niño se puso feliz al extremo que dormía con ella, incluso la arropaba. Yo lo tuve que castigar un par de veces, porque con esa pelota me hizo desastres en la casa.
¿Cuándo se dieron cuenta que tenían una joyita en casa?
Cuando lo convocaron a la Selección Sub 17. Cuando fue al Mundial de Corea sentimos como que estábamos viviendo un sueño. Luego vino el Mundial Sub 20, lo subieron a Olimpia... Nosotros nos reuníamos en casa y le dábamos gracias a Dios por todo lo que estaba viviendo mi hijo. Pero ha habido sus momentos duros. Cuando lo subieron a Olimpia, él quería jugar, pero a veces no lo metían. Llegaba a la casa y en la puerta se abrazaba con su papá, se quedaban un gran rato así, a veces lloraba. Nosotros le decíamos que tuviera paciencia.
¿Qué pasa si Roger regresa tarde a casa?
Cuando sale sabe que debe estar temprano en casa. Nunca viene en horas de la madrugada, solamente cuando ha tenido un partido en otra ciudad y regresa tarde a Tegucigalpa. Lo más tarde que puede regresar es a las diez y media.
¿Lo llama cuando él sale?
Sí. Es que los tiempos de ahora son muy peligrosos y uno se preocupa. Él me dice: “Mami, yo no soy tu esposo... ¿Por qué me cuidás tanto?”.
¿Y qué pasa si hoy regresa a las once de la noche?
Ah, le llamo la atención...
¿Qué pasa si se porta mal en la cancha? Como cuando se palabreó con Copete en un partido?
Esa vez le llamamos la atención. A mi esposo no le gustó y yo le dije que no lo volviera a hacer porque no estaba bien. Él sólo agachaba la cabeza y decía “No, mami, no vuelve a pasar”...
Dice Rafael Ferrari que Roger es de exportación. Son las palabras del presidente del Olimpia.
Yo estoy preparada si a mi hijo le sale una oportunidad en el extranjero. Yo no quisiera que se fuera, ¿verdad?, pero no lo detendría, porque es un sueño de toda la familia.
¿Dónde le gustaría verlo jugar?
No sé... Tal vez en Europa, je, je, je... Roger siempre me pregunta: “Mami, y si algún día juego en el extranjero, ¿vos te irías conmigo?”.
¿Roger es cariñoso?
Uy, sí. Creo que hasta los vecinos lo escuchan, porque se pone a gritar desde el segundo piso “Torta, te amo” o “Mami, te quiero”. A veces estoy acostada y él llega y se tira a la cama, me pone una pierna encima y me molesta. Nos llevamos como amigos.
¿Quién es Torta?
Así le dice al papá, ja, ja, ja.
¿El platillo favorito de su hijo?
Le gusta el plato típico. Frijoles, plátanos, chorizo con huevo... A veces me llama cuando viene de viaje y me dice: “Mami, hoy haceme vos la cena”.
¿Cómo celebró el título que Olimpia le ganó a Motagua?
Aquí en la casa. Yo le dije: “Papi, ¿dónde vamos a ir a comer?”. Pero él me dijo: “Yo quiero irme para la casa”. Roger es un muchacho bien sencillo. Pero ese triunfo contra Motagua fue uno de los momentos más alegres en la carrera de mi hijo, pues cuando era niño le tocó sufrir con todas las finales que Motagua le ganó a Olimpia.
Me fijé que el carro de Roger tiene un rosario en la ventana... ¿Es muy devoto?
Sí. Hoy fue a Suyapa a rezarle a la virgen de Suyapa. Cuando va a jugar, siempre me llama y me dice: “Encendele una velita a Mamita María”.
¿Es ordenado en casa?
No mucho, pero ya sabe que no puede hacer desorden. Yo no le permito que venga de entrenamiento y deje todo tirado en la casa. Ya sabe que tiene que llevar las cosas a la lavandería.
La casa del goleador del Olimpia queda en una residencial de clase media de la capital. Está decorada con sencillez. En la sala hay algunas fotografías de Roger Rojas y unas cuantas copas. También un altar con la Virgen, tres pirámides que el Ro-Ro trajo del Mundial de Egipto y un cuadro con un río en el que sale un hombre que se acerca a un puente.
Y para terminar esta anécdota. Una mañana, Roger escuchó que su mamá se quejaba por un fuerte dolor de espalda. Por la tarde, cuando doña María Luisa regresó a la casa, encontró en su cuarto un obsequio de su hijo. “Me había comprado una cama ortopédica”, recuerda con emoción la mamá del Ro-Ro...